Serie El Gremio de los Cazadores

 

 


Novelas cortas


La Princesa Canibal

—¡Sascha, cariño!

Sascha sintió que sus labios se movían nerviosamente al escuchar el infantil grito.

—Todo es culpa tuya —le dijo a Lucas mientras él se esforzaba por disimular su sonrisa sin conseguirlo.

—¿Qué puedo decir? —dijo abriendo los brazos—. El chico tiene buen gusto, por no hablar de su excelente don con el lenguaje.

Haciendo caso omiso de su compañero mientras la seguía de la enorme cocina de Tamsyn al salón, se dirigió al sofá donde estaban sentados Julian y Roman, uno al lado del otro.

—¿Habéis llamado, altezas?

Los cachorros dejaron escapar unas risillas antes de separarse. Julian dio una palmadita con la mano en el espacio que había quedado entre los hermanos y Sascha se sentó en medio de ellos. Luego se acurrucaron contra a ella inmediatamente, tan pequeños, tan cálidos y tan queridos. Cada vez que abrazaba a aquellos dos tunantes se preguntaba qué les tenía reservado el futuro a Lucas y a ella. Levantó la mirada y se encontró con la de Lucas mientras este se acomodaba en el borde de la mesita de café frente a ella. En sus hermosos ojos verdes podía ver un tipo de promesa más ardiente.

El corazón le dio un vuelco. Imposible, le dijo su mente psi. Pero sabía que sí era posible. La mayoría de los psi había olvidado la fuerza que poseían las emociones. Podían hacer daño y podían proporcionar una dicha mayor que todo cuanto jamás había imaginado posible.

Una manita le palmeó el brazo izquierdo. Roman, pensó, girándose para depositar un beso en su cabeza. Era el más callado de los dos, pero juntos era un auténtico terremoto sobre cuatro piernas… u ocho patas, si se encontraban en su forma animal.

—¿Echáis de menos a mamá? —preguntó Sascha.

Roman asintió y Julian, al otro lado de ella, le preguntó:

—¿Vuelve esta noche? —Su voz sonaba inusitadamente lastimera.

—Sí, vuelve esta noche. —Tammy y Nate habían tenido que realizar un viaje relámpago fuera del estado, dejando a sus cachorros al cuidado de Sascha y de Lucas. Ella adoraba a los pequeños y no dejaba de sorprenderle que dicha adoración pareciera mutua. Miró a uno y luego al otro—. Y pienso decirle lo bien que os habéis portado.

Eso le granjeó una sonrisa de Julian y un besito en la mejilla de Roman. Lucas los observó con ojos burlones. Sabía que su compañera era incapaz de resistirse a los niños. Sascha le hizo una mueca.

—¿Un cuento, Sascha?

Sascha se quedó paralizada con la pregunta de Julian. Incluso después de haber pasado meses con los DarkRiver seguía habiendo cosas que le sorprendían.

—¿Queréis que os cuente un cuento?

Los cachorros asintieron y dos pares de brillantes ojitos la miraron expectantes.

Totalmente perdida, le lanzó una mirada a Lucas. Ella no sabía contar cuentos, pues se había pasado toda su infancia desterrando las emociones de su alma.

Nunca nadie le había contado una historia salvo para advertirle que mantuviera las emociones bajo llave, donde no pudieran destruirla. Su madre le había hablado en susurros sobre los rehabilitados, las aterradoras criaturas que no eran más que vegetales andantes a los que les habían extraído la vida.

El recuerdo más poderoso de su niñez era el de estar en el Centro viendo a los rehabilitados deambulando de un extremo a otro de la estancia, arrastrando lo pies, con el semblante carente de expresión y los ojos vacíos, en los que solo podían verse retazos marchitos de humanidad.

Lo siniestro del recuerdo amenazó con hacer mella en Sascha, pero entonces una oleada de amor se expandió por las sinuosas hebras del vínculo que había en su interior, aquel lazo mágico que la unía a la pantera sentada frente a ella en la mesita de café, con las largas piernas estiradas.

—Yo me sé un cuento—dijo Lucas captando la atención de los gemelos—. Pero es de miedo.

—¿De verdad? —Julian se inclinó hacia delante presa de la emoción.

—Ya no somos bebés —agregó Roman.

Lucas hizo una mueca.

—No sé, no sé. A lo mejor vuestra mami se enfada.

—¡Por favor, tío Lucas!

—¡Por favor!

—¡Por favor, por favor!

—¡Por favor!

Lucas exhaló un suspiro con aire solemne y se inclinó un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en los muslos.

—De acuerdo, pero que conste que os he advertido. Si tenéis pesadillas, no vengáis a quejaros.
Nadie que le viese en esos momentos, con aquella expresión indulgente en el rostro y voz suave, podría haberle identificado como uno de los depredadores más peligrosos de la zona, una pantera que podía hacer pedazos a los enemigos solo con sus manos.

Aunque Sascha sabía de sobra cómo era el alfa de los DarkRiver, en ese instante estaba atendiendo las necesidades de dos de los miembros más jóvenes del clan. Y las de ella. También estaba cuidando de ella, prestándole su apoyo en silencio y haciéndole saber que estaba a su lado para ayudarla mientras se adaptaba a su vida, a su nuevo mundo.

—Érase una vez una princesa… —comenzó Lucas

—¡Una princesa! —exclamó Julian indignado, seguido por el asentimiento ceñudo de Roman.

Lucas profirió un gruñido con el que consiguió que los cachorros guardaran silencio y se acurrucaran contra Sascha temblando por el susto. Ella sabía que no era más que puro teatro, pero los abrazó de todas formas.

—Como iba diciendo, érase una vez una princesa que vivía en una torre en medio de un bosque y tenía siete sirvientes.

—¿Siete? —se atrevió a susurrar Julian.

—Uno para cada día de la semana —repuso Lucas—. Veréis, cada día un criado iba hasta el pueblo de al lado y…

—¿Y? —le apremió Roman esta vez.

—No sé si seguir. —Lucas frunció el ceño—. Esta es la parte que da más miedo. ¿Seguro que no os asustaréis?

Los pequeños asintieron rápidamente.

Asintiendo a su vez, Lucas se arrimó un poco más y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro.

—Veréis, la princesa tenía unos dientes larguísimos y afilados como cuchillas.

Roman ahogó un grito, pero no le interrumpió. Julian no se quedó tan callado.

—¿Cómo los lobos?

Lucas esbozó una sonrisa.

—Justo como los lobos.

Sascha le miró ceñuda. Se suponía que ahora los lobos eran sus aliados.

En los ojos del alfa centelleaba una risa impenitente mientras proseguía con la historia.

—La princesa podía atravesarlo todo con esos afilados dientes lobunos: carne y hueso, madera y metal, incluso… las puertas de las habitaciones de los niños pequeños.

Mientras los cachorros se estremecían de nuevo, Lucas alzó la mirada y pilló a Sascha con los ojos como platos. Parecía tan inocente como Julian y Roman en esos momentos, una niña rindiéndose a la magia de un cuento por primera vez. Una desgarradora oleada de ternura le invadió el corazón, acompañada de una determinación férrea. Nadie volvería a hacerle daño, no mientras él viviera.

—Bien, pues resulta que en el pueblo…, el pueblo al que los criados iban todos los días —continuó, inventándose la historia a medida que la contaba—, vivía un niño pequeño. Cada noche se iba a dormir después de cerrar todas las ventanas y puertas de su casa.

—¿Por qué? —preguntó Sascha.

—Para que los criados de la princesa no le cogieran —dijo, como si eso fuera algo obvio.

—Pero ¿por qué? —insistió su analítica compañera psi.

—Porque… —Hizo una pausa para darle más tensión y luego gruñó las siguientes palabras—: a la princesa caníbal le gustaba comer niños pequeños para cenar.

Sascha y los cachorros se abrazaron entre ellos. Lucas casi rompió a reír al ver la expresión escandalizada en el rostro de ella. Con toda seguridad se estaría preguntando qué demonios hacía contándoles un cuento tan sangriento a dos leopardos tan pequeños. Su querida gatita no se había dado cuenta aún de que los niños eran mucho más feroces que los adultos.

—Su plato favorito era niño asado con salsa de miel y rodajas de piña.

—Lucas, quizá… —comenzó Sascha.

—Chist —le chistaron las vocecillas de los cachorros, que seguían aferrados a su cintura—. Más, tío Lucas.

—Bueno, a veces le gustaba engordarlos bien, así que los metía en su pequeña despensa especial y les daba de comer pastel, tarta y…

—¡… salchichas! —añadió Roman.

—Sí —convino Lucas asintiendo de forma solemne—. Y en esa despensa llena de pasteles, tartas y salchichas fue donde metió al niño del pueblo. Le dijo que comiera y comiera… para luego poder zampárselo él.

Mientras estaba allí sentado, contando un cuento deliciosamente siniestro de cómo el niño derrotó a la princesa caníbal solo con su inteligencia, observó a Sascha y sintió el amor que le profesaba a él y a los pequeños rodeándolos como un sedoso manto. Ella no se daba cuenta de lo extraordinaria que era, de que estar en un cuarto con ella hacía que todos se sintieran mejor con respecto a la vida, la esperanza, a todo.

Y era suya.

La pantera que moraba en su interior se sentía complacida con esa idea. Lucas sonrió, mostró los dientes y terminó el cuento agarrando a los gemelos y a Sascha mientras profería un rugido feroz. Los tres gritaron y luego rompieron a reír. Julian y Roman fingieron morder a su tío mientras que Sascha era un arco iris dentro de la mente de Lucas. Frente a él, el rostro de su compañera se deshacía en carcajadas cuando los cachorros se giraron, se miraron el uno al otro y decidieron convertirla en su próxima víctima.

Tras diez minutos de pelear en broma, Sascha levantó las manos a modo de rendición y, sin parar de reír, se declaró «comida».

 

***

 

Esa noche, mientras estaban en la cama, Sascha se volvió hacia él

—Cuéntame un cuento, Lucas —le dijo—. Nada de caníbales.

Él suspiró y le acarició la espalda.

—Solo sé historias de caníbales —bromeó.

—Por favor —insistió imitando a los gemelos—. ¡Por favor, por favor!

Lucas la besó, recordando lo reprimida que estaba cuando se conocieron. Pero incluso entonces había sentido la pasión que habitaba en su interior.

—Si no quieres de caníbales, ¿puedo contarte uno sobre monos desquiciados?

Sascha abrió los ojos como platos y asintió.

—Antes de empezar… ¿cuándo vas a contarme un cuento tú a mí?

Ella guardó silencio mientras pensaba.

—Tengo que investigar un poco más. —Posó la mano sobre su torso—. Enséñame.

La pantera ronroneó dando su aprobación, aquella mujer era la compañera perfecta, una mujer que no se rendía, por grande que fuera el obstáculo.

—¿Qué te parece si… —dijo Lucas mientras le deshacía la trenza— contamos juntos este cuento?
Una sonrisa dulce, perezosa y perfecta iluminó los ojos de Sascha.

—Érase una vez una princesa que vivía con una pantera —susurró.

Dos días después, Lucas recibió una llamada de Tamsyn durante la cual le pidió que le explicara por qué sus cachorros conocían el significado de la palabra «caníbal».

Traducción de Nieves Calvino Gutiérrez

 

Escuela de lobos

Autora: Esta escena se escribió originariamente como parte de Juegos de pasión, pero creo que funciona muy bien como una divertida historia corta. ¡Espero que la disfrutéis!

Unas horas después de la discusión con Hawke, Indigo echó un vistazo al claro y sintió su corazón henchido de orgullo. Los jóvenes soldados descansaban dispuestos en semicírculo, con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra los árboles, eran todos fuertes, listos y honrados. Estaría encantada de tener a cualquiera de ellos a su lado en la lucha.

—Tácticas —dijo después de que se hubieran acomodado—. Sé que la mayoría de vosotros quiere… —Haciendo una pausa, ladeó la cabeza y frunció el ceño al oír algo inesperado a través de la brisa. Parecía el sonido de un niño…, y esa era una zona prohibida a menos que estuvieran con un adulto.

Dirigiendo la vista a Tai, le hizo un gesto con la cabeza para que comenzara la explicación mientras ella iba a comprobar qué era ese ruido. El joven hizo lo que le pedía con tanta seguridad que dejó muy claro que ya estaba casi listo para ascender al rango de soldado. Tomando nota mental de comentar la situación con Riley, pensó en quién más podría estar próximo a la «graduación». Charlie estaba justo en el límite, pero la chica tenía un problema de carácter. Aunque eso mismo le pasó con Jem en su momento… Encauzado de forma adecuada, ese temperamento podía convertirse en una ventaja.

La traviesa tentación que le provocaba el aroma de Drew la acarició antes de verlo acuclillado junto a un lobato; el pelaje del chico era suave; su olor, inocente. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de Ben. Aunque Drew tenía que haber captado su olor, no la miró, de modo que apoyó el hombro en un árbol y observó tratando de averiguar qué narices estaban haciendo.

Ben levantó la cabeza, inspiró y luego profirió un agudo aullido.

La expresión avergonzada de su cara amenazó con hacer que Indigo sonriera, pero se contuvo. Sí, era un bebé, pero un varón al fin y al cabo. El orgullo era algo que parecía directamente conectado con el cromosoma Y.

—Eso está mejor —dijo Drew con una mano en la espalda del lobato—, pero tienes que sacar el sonido desde más adentro.

Levantando la cabeza, inspiró hondo y lo dejó salir.

La evocadora música del aullido de un lobo reverberó por todo el bosque.

No era tan potente como el sonido que brotaba de la garganta del lobo, pero era bastante poderoso. Varios compañeros de clan respondieron por doquier, y eso hizo que a Indigo se le erizara el vello de la nuca; su loba estaba lista para unirse al alegre canto, pero como comprendía que aquello era una lección, se conformó con el silencio.

—¿Lo ves? —dijo Drew mirando a Ben a los ojos—. Hazlo desde el corazón. Sé tu lobo.

Ben tomó otra profunda bocanada de aire, lo retuvo y luego levantó la cabeza.

El aullido que salió se convirtió en breves segundos en un ladridito, pues al parecer se había sorprendido a sí mismo. Drew no pudo contener la risa y los compañeros de clan respondieron de nuevo, esa vez con una nota de preocupación en el tono. Mientras Indigo seguía observando, Drew les aclaró que todo estaba bien.

Ben soltó la mano de Drew en ese momento y corrió hacia Indigo, con el cuerpo henchido de orgullo y entusiasmo. Ella se inclinó para acariciarle la parte posterior de las orejas.

—Bien hecho, Ben.

Frotándose contra su mano, levantó la cabeza y le mostró el cuello. Era un gesto de sumisión activa, una señal de que quería jugar. Poniéndose en cuclillas, le rozó la nariz con la suya con manifiesto afecto.

—Tengo que trabajar, pero jugaremos más tarde, ¿vale?

Drew cogió al lobato en brazos cuando ella se enderezó.

—No dejes que te engañe… Ya tiene una cita para jugar con Marlee.

Mientras Ben escondía la cara contra el pecho de Drew, Indigo esbozó una sonrisa. Fue entonces cuando Drew alargó el brazo, la atrajo hacia sí y la besó con tan apasionada minuciosidad que a Indigo le salió humo por las orejas.

—Hola, teniente —dijo después.

Traducción de Nieves Calvino Gutiérrez

Navidad en la cocina

La historia se sitúa un par de meses después de Ardiente recuerdo, y explora el día a día de varios personajes de la serie Psi/Cambiantes que ya conocemos, lejos de la política, la agitación y la tensión. Este es un relato de uno de los momentos ocultos, un vistazo furtivo a sus largas vidas.

¡Espero que lo disfrutéis!

Dorian era un arquitecto experimentado con un talento especial para los ordenadores y con licencia para pilotar. Además, era un francotirador capaz de disparar con fría precisión, tenía a un ex sicario psi como compañero de entrenamiento y más de uno le había calificado de genio.

Sin embargo, ninguna de esas personas le había visto intentar ejercer de fontanero.

—¡Mierda! —gritó por tercera vez cuando la tubería le goteó en la cara.

—Creo que esto cuenta como una palabrota —dijo su hijo acuclillado frente al fregadero mientras, con una linterna, alumbraba el oscuro espacio de debajo.

Después de secarse la cara y apartarse un mechón rubio de los ojos, Dorian volvió a girar la llave inglesa.

—¿Vas a delatarme? —susurró.

—No, no. —Keenan meneó la cabeza y respondió en voz baja—: Los hombres permanecen unidos.

El leopardo que habitaba en Dorian sonrió al chico que era suyo en todos los aspectos salvo en el genético, y eso último le importaba muy poco a su gato. Solo sabía que ese cachorro le pertenecía, y que debía protegerlo y criarlo.

—Así es.

Apartó la llave inglesa, a la espera de otra fuga.

Nada.

—Rápido, huyamos antes de que decida gotear de nuevo. —Salió deprisa del hueco, se puso en pie y, a pesar de lo que acababa de decir, comprobó una vez más que todo funcionaba bien—. Magnífico trabajo, socio. —Pasó la mano por la cabeza de Keenan y el negro y sedoso pelo de su hijo se deslizó entre sus dedos—. Creo que nos merecemos unas galletas.

Enfrente del fregadero, Ashaya levantó la vista de la encimera en la que estaba decorando las mencionadas galletas; su exuberante piel morena resplandeció bajo la luz de la mañana.

—Creo que Keenan sí se merece una, pero tú, chico genio, no estoy segura.

Dorian enseñó los dientes a su compañera con un gruñido juguetón.

—No me obligues a morderte, Shaya.

—Mi terror no conoce límites —añadió ella guiñándole un ojo a Keenan, que sonreía.

Los impresionantes ojos azul claro de Ashaya brillaban de alegría.

—Traidor. —Dorian levantó al chico y lo sentó al lado de la bandeja de las galletas.

—Manos sucias —dijo Ashaya, y limpió al chico con una toallita húmeda antes de dejar que eligiera una galleta.

Dorian, después de lavarse en el fregadero que acababa de arreglar, abrazó a Ashaya por detrás y acarició sus rizos con la nariz hasta que estos comenzaron a escapar del moño que se había hecho esa mañana. Tumbado en la cama, la había observado recogerse el pelo, mientras Keenan, en pijama, veía los dibujos animados. Y ya entonces había pensado en deshacer aquella creación perfecta.

—¡Dorian! —gritó ella entre risas.

Sin el menor remordimiento, Dorian alzó una mano para dejarle la melena suelta y los rizos rebeldes salieron disparados.

—Preciosa —dijo apretando la mandíbula contra su sien; la fascinación de su leopardo por la vibrante vida de su cabello no tenía fin. A veces, cuando se encontraba en forma de leopardo y ella estaba tumbada a su lado delante del fuego, le daba con la zarpa solo para ver cómo se movía—. Y ahora dame mi galleta. —La apretó con fuerza, para demostrarle que hablaba en serio, y le mordisqueó el cuello.

—Eres un adicto al azúcar. —Le pasó una galleta grande con glaseado de chocolate y dijo—: Tiene el equilibrio perfecto entre nutrientes y comida basura. He utilizado harina enriquecida con vitaminas y proteína vegetal. —Al captar su expresión recelosa se rió—. No te preocupes, solo notarás el sabor del chocolate, el azúcar y el aceite.

Dorian mordió un trozo y confirmó que era cierto.

—No voy a retirarte la licencia de cocinera —dijo con fingida gravedad; le sorprendía que su compañera científica se hubiera aficionado a esa actividad doméstica con semejante entusiasmo—. ¿Por qué te gusta tanto cocinar? —le preguntó tirándole con suavidad de un rizo mientras Keenan le golpeaba la pierna y lamía el chocolate de su galleta.

—Es una actividad creativa —respondió Ashaya—, y me sienta bien dar lo mejor de mí misma en ese sentido. —Un recordatorio inconsciente de que en la glacial trampa de la PsiNet no le habían permitido algo así—. Pero se trata de una tarea creativa organizada; las recetas especifican los ingredientes, y aunque se permite y alienta la experimentación, es fácil juzgar los resultados. Me tranquiliza, me hace feliz.

—Mejor para mí y para Keenan.

Y para el compañero de clan de turno que olfateaba el menú. Resultaba curioso con qué frecuencia ocurría eso.

Tras coger otra galleta, Dorian la besó en la mejilla y se apoyó en la encimera, al lado de Keenan.

—Tus galletas son aún mejores que las de Tammy —afirmó, en alusión a la sanadora del clan.

—Eres un encanto. —Ashaya sonrió contenta—. Espera a ver lo que he preparado mientras mirabais los dibujos animados.

Keenan y él aguardaron con curiosidad mientras ella sacaba una bandeja con un surtido de cupcakes de diversos colores. Cogió dos, les dio uno a cada uno y les plantó un beso en la mejilla, uno a Keenan y otro a Dorian.

—Para mis fuertes y competentes hombres.

Dorian estaba a punto de arrastrarla a un beso mucho más adulto cuando un rostro familiar apareció en el rectángulo de luz de la puerta de atrás, que estaba abierta.

—¿Eso que huelo son galletas? —Kit entró con paso tranquilo y la mirada clavada en los dulces.

Ashaya apuntó con un dedo al musculoso joven, y este se detuvo en seco.

—Una galleta y un cupcake.

—Acepto. —Los cogió y le alborotó el pelo a Keenan; el oscuro cabello caoba de Kit estaba despeinado por el viento—. Hola, hombrecito. ¿Por qué tu mamá está aprovisionándose de galletas?

—Son para la fiesta de Navidad del clan de mañana —le informó Ashaya; el afecto en sus ojos contradecía la seriedad de su expresión—. Empiezo a comprender por qué Tammy me dijo que hiciera el doble de lo que pensara llevar.

Tras sentarse al lado del fregadero, Kit se zampó el cupcake en dos bocados. No hacía tanto que Dorian había expulsado a este soldado novato de un bar porque iba como una cuba. Antes de eso, otro centinela y él habían puesto fin a una pelea en la que Kit había conseguido que otro compañero del clan acabara sangrando. Pero desde entonces el joven había madurado en muchos aspectos, y en ese momento era uno de los soldados jóvenes más estables del clan; su fuerza no solo residía en su cuerpo, sino también en su inteligencia y su lealtad.

—Me gusta tu hobby —dijo Kit a Ashaya; mordió la galleta e intentó esbozar una sonrisa que Dorian sabía perfectamente que había sido la causante de que más de una chica le siguiera entre los árboles—. Esta galleta está de muerte.

—Olvídalo —replicó Ashaya con una carcajada—. Vivo con un gato, ¿recuerdas? Conozco bien ese galanteo interesado.

Contrariado, Kit miró a Dorian con el ceño fruncido.

—Vaya forma de fastidiarnos a los demás.

—Búscate tu propia mujer, gatito.

Keenan soltó una risita dulce y traviesa ante el gruñido de Kit; el pequeño tenía un pegote de glaseado en la nariz. Dorian pasó el brazo alrededor de los hombros de su hijo, se disponía a fingir que le birlaba el cupcake a medio comer cuando captó varios olores familiares y el sonido de unos piececitos que corrían sobre la alfombra de agujas de pino.

Soltó a Keenan, tendió los brazos a Noor —la niña entró corriendo en la casa, las trenzas sujetas en lo alto de la cabeza con lazos de un naranja chillón—, le plantó un beso en la mejilla y la aupó junto a Keenan. La mejor amiga de su hijo irradiaba salud; en sus bonitos ojos oscuros no había ni pizca de malicia.

—¿Quieres? —le preguntó Keenan, ofreciéndole un mordisco de su cupcake.

La pequeña asintió, tomó un bocado y le cayeron un montón de migas en el peto vaquero; además llevaba un bonito suéter azul.

—Qué rico.

Shaya le dio un cupcake con el glaseado de color morado. Noor dijo un alegre «gracias» y se volvió de inmediato hacia Keenan para ofrecerle un poco.

—El tuyo era verde. Este sabe diferente.

—¿Tú crees? —preguntó Keenan, y cuando Noor asintió, le dio un mordisco—. ¡Sabe a uva!

Dorian buscó la mirada de Ashaya por encima de las cabecitas de los niños y supo que su compañera estaba pensando lo mismo que él: era maravilloso ver a aquellos dos pequeños, extraordinarios y únicos, actuar como los niños que eran. Era un honor y un privilegio del clan asegurarse de que Keenan y Noor tuvieran la oportunidad de crecer rodeados de amor y cariño y de que su increíble don pudiera desarrollarse a su ritmo.

—Eh —dijo otra voz masculina desde la entrada—, ¿cómo es que los pequeñajos tienen dulces? —Los ojos de Jon, de un violeta intenso, contrastaban de una forma impresionante con el rubio dorado de su pelo; fruncía el ceño—. ¿A ti también te han dado? —preguntó el adolescente a Kit.

Kit le lanzó una sonrisita de suficiencia justo cuando Tally y Clay aparecieron detrás del chico. El camarada centinela de Dorian y su compañera entraron con Jon en la cocina y rodearon la encimera para coger los taburetes del otro lado; Jon se apoyó en el fregadero, junto a Kit.

Cuando Noor se ofreció a compartir su cupcake, Jon esbozó una sonrisa inesperadamente dulce y dijo:

—No, gracias, princesa. Ese es tuyo.

Dorian miró a Clay a los ojos.

—Me alegro de verte.

El centinela de ojos verdes le devolvió el débil puñetazo que Dorian le había propinado primero.

—Intenté hacer una tarta para la fiesta —le decía Talin a Ashaya—, pero se hundió por el centro. Había quedado tan mal que iba a tirarla…

Kit hizo un sonido estrangulado.

—… pero Jon salió pitando con ella. —Dirigió una mirada risueña al chico que la pareja había acogido en su familia.

En el momento en que Ashaya se dio la vuelta para mirar a Jon, Clay birló dos cupcakes con sigilo felino y le lanzó uno al adolescente. Cuando Ashaya se volvió de nuevo, el centinela de piel oscura contemplaba el cupcake que tenía delante con fingida inocencia, como si no tuviera la menor idea de cómo había llegado allí.

Dorian reprimió una carcajada. Clay siempre había sido demasiado serio, siempre había estado demasiado peligrosamente cerca de su leopardo, hasta tal punto que a todos les había preocupado que no lograra salir de la oscuridad; al verle jugar, una sonrisa felina se dibujó en su cara.

Ashaya frunció los labios y acto seguido levantó las manos con resignación.

—Si vais a devorar mis cupcakes y mis galletas, tendréis que ayudarme a glasear los que había hecho por si acaso.

Noor y Keenan, que habían estado charlando en su lenguaje particular, incomprensible para los adultos, aplaudieron ante la idea, y la cocina se llenó enseguida de risas, color y azúcar. Jon y Kit se sentaron como dos buenos amigos a la mesa de la cocina para ayudar a Keenan y a Noor con sus creaciones —aunque la mitad de los dulces acabaron en los estómagos sin fondo de los jóvenes— mientras Ashaya se ofrecía a ayudar a Talin a preparar una tarta que no se hundiera.

—He experimentado con ella un montón de veces —le dijo mientras sacaba la receta.

Talin distendió los hombros; llevaba el pelo, rubio oscuro, recogido con un lazo del mismo color que el de Noor, aunque el suyo estaba flojo, como si lo hubieran hecho unas manos pequeñas.

—Vale —respondió—. Probaremos.

Mientras Ashaya y Talin continuaban charlando, Dorian sirvió café para Clay y para él y se sentó en un taburete junto al otro centinela.

—Hace un par de años —murmuró en voz muy baja, de modo que solo Clay pudiera oírle—, ¿habrías imaginado esto?

Los ojos del centinela se demoraron en la mujer que era su compañera.

—Creo que jamás se me habría ocurrido soñar tan a lo grande.

—Ya.

Ni en sus sueños más delirantes habría imaginado Dorian que le amarían hasta el punto de que aquello fuera un latido quedo e intenso dentro de él, con el corazón de Shaya entrelazado con el suyo. Y Keenan… ¿Cómo iba a saber lo que significaría para él ser padre, tener la confianza de un inocente en sus manos? A veces todavía se emocionaba al pensar en los regalos que había recibido.

—¿Te ha llamado Tamsyn por lo del árbol? —preguntó Clay continuando la amigable charla susurrada entre ellos dos.

Dorian sonrió.

—Me ha dicho que el año pasado los gemelos royeron los cables, así que me ha pedido que compre un nuevo juego de luces.

La sanadora del clan había iniciado la tradición de decorar un enorme árbol de Navidad hacía casi dos décadas, y esa tradición había perdurado a pesar del dolor, la pérdida y el tiempo.

Cuando Clay movió la cabeza con afectuosa diversión, Dorian señaló disimuladamente a Jon.

—¿Cómo lo lleva?

El chico había vivido cosas que habrían destrozado a un hombre adulto.

—Se ha integrado, ha hecho algunos buenos amigos. —El tono de Clay denotaba un sereno y profundo orgullo—. Y con Noor es un encanto; para ella, Jon es su hermano mayor y punto. Incluso se sienta a tomar el té con sus muñecas en la casita que construí para ella en el árbol, y eso que tiene que encogerse para caber dentro.

Dorian rió entre dientes, estaba tan orgulloso del chico como Clay. Después de a lo que Jon había sobrevivido, nadie le habría culpado por estar demasiado traumatizado para cuidar del vulnerable corazón de una niña. Que hubiera superado la abominación de lo que le había sucedido, que hubiera aprendido a reír de nuevo, decía mucho de la fortaleza que lo convertiría en un valioso miembro del clan en los años venideros.

—Kylie solía hacer lo mismo conmigo —repuso; por fin era capaz de hablar de su hermana sin que le abrumara la ira por su vida arrebatada. Su pérdida aún le dolía, pero procuraba recordar los buenos momentos, procuraba pensar en lo mucho que ella habría adorado ser tía de Keenan y cuñada de Shaya—. Luego me prestaba sus muñecas para que las enviara a la selva con mis figuras de acción.

Las pobres muñecas de su hermana habían tenido un destino terrible en las garras de caimanes y anacondas, pero siempre resurgían para la siguiente aventura.

—¿Sabes una cosa? —La expresión de Clay reflejaba sorpresa—. No me había vuelto a acordar, pero yo bebía diminutas tacitas de té con Tally cuando éramos críos. Ella tenía una muñeca de trapo y solía ser muy estricta con que no me bebiera mi té hasta que la muñeca se hubiera tomado el suyo.

Dorian se rió al imaginar al corpulento y silencioso Clay esperando pacientemente a que una muñeca se acabara el té.

—Mujeres…, hay que ver las cosas que hacemos por ellas.

—Hablando de mujeres… —Clay bajó aún más la voz—. Quería hablarte de Jon. Está coladito por Rina, así que es posible que aparezca mientras entrenas con ella. No seas muy duro con él.

Dorian hizo una mueca de dolor. Rina era la hermana mayor de Kit y una de las mujeres soldado más fuertes y tenaces.

—Aunque fuera un hombre adulto en vez de un adolescente, Rina se lo comería vivo.

—Creo que Jon moriría feliz. —El gato de Clay se asomó a sus ojos riendo—. La verdad es que se muestra amable con él.

—¿Rina? ¿Amable?

Dorian era el entrenador y supervisor de Rina, tarea que le habían endosado porque la joven había hecho lo que había querido con su anterior entrenador. Le caía bien, y estaba seguro de que se convertiría en una de las piezas fundamentales del clan cuando desarrollara más su fuerza, pero la amabilidad no era su fuerte. Al igual que todas las mujeres leopardo adultas dominantes, le iba más desafiar a un pretendiente que acariciarlo.

—¿Crees que sabe que está colado por ella?

Clay asintió.

—Supongo que intenta desengañarle con suavidad, al fin y al cabo no es más que un crío…, pero yo me lo jugaría todo a favor de Jon. Dale unos años más e, independientemente de la diferencia de edad, te apuesto lo que sea a que irá a por Rina.

—Eso es mucho decir, tío. —Dorian emitió un débil silbido—. Pero te diré una cosa: si tienes razón, te prepararé una tarta con glaseado rosa y todo.

—Trato hecho.

Ashaya se acercó a Dorian; había vuelto a recogerse el pelo en un moño impecable.

—¿De qué estáis hablando? —preguntó.

Dorian reprimió el impulso juguetón de deshacerle su obra una vez más. Su gato se frotaba contra su piel al tenerla tan cerca; la sensación de su pelaje deslizándose bajo la piel ya no le resultaba dolorosa, pues podía transformarse en su forma de leopardo.

—Estáis maquinando algo —añadió su compañera en un tono claramente suspicaz.

Sonriendo de oreja a oreja, Dorian hizo lo que había querido hacer antes: la atrajo hacia sí y le dio un largo y seductor beso. Los dedos de ella se aferraron a su camiseta mientras los gritos de los niños les rodeaban.

—Estábamos hablando —murmuró después— sobre preparar tartas.

Ashaya, con los labios inflamados por los pequeños mordiscos que él le había dado durante el beso, y la voz un tanto ronca, repuso:

—¿No me habías dicho que sabías hacer la mejor tarta de plátano del mundo? Pues tengo algunos plátanos maduros.

—De hecho… —Talin, desde el otro lado de la encimera, alargó el brazo para darle un toquecito en la nariz a Clay con la cuchara de madera—. ¿Qué os parecería un concurso? Dorian contra Clay.

Kit y Jon, que se habían dado la vuelta para escuchar, levantaron los pulgares.

—Nos ofrecemos voluntarios para hacer de jurado —dijeron al unísono.

—¿Crees que no sé hacer una tarta? —preguntó Clay a su compañera; le brillaban los ojos.

Talin sonrió; las pecas de la piel dorada de su rostro intensificaban su expresión pícara.

—Creo que le darás una buena patada a Dorian en su bonito culo.

Le sopló un beso y los labios de Clay se curvaron hacia arriba.

—Aunque coincido contigo en tu valoración del cuerpo de Dorian —adujo Ashaya con fingida seriedad mientras enroscaba los dedos en el cabello de él haciendo que ronroneara—, discrepo en cuanto al resto de tu afirmación. —Ashaya, llena de suaves curvas y cálida feminidad, se arrimó a él—. Mi compañero dejará al tuyo a la altura del betún.

—Creo que eso es un desafío —intervino Kit; en su voz volvía a haber una pizca del gamberro que había sido.

—Por lo que he oído —añadió Jon—, los centinelas jamás se echan atrás ante un desafío.

***

Tres horas más tarde, en el exterior de la casa, Dorian chocó su botellín de cerveza con el de Clay y dijo:

—No estaba demasiado correosa. En serio.

—Y la tuya no tenía tanta sal —replicó Clay, leal hasta la médula.

Mirándose el uno al otro, prorrumpieron en carcajadas; el aire transportó el sonido de sus risas hasta el lugar donde los niños jugaban y sus compañeras estaban sentadas charlando. Kit y Jon se habían marchado; Kit se había llevado al chico con él, como solía hacer, a su puesto de vigilancia, pues el adolescente admiraba al joven soldado, pero habían prometido regresar para la cena.

—Creo —dijo Dorian cuando pudo volver a respirar— que deberíamos dar una buena porción de postre a los jueces.

—Esos dos listillos se lo merecen, por provocarnos. —Clay bebió un trago de cerveza—. Qué muerte tan cruel y aberrante han tenido esos pobres plátanos.

—Mira quién fue a hablar… ¿Qué narices le hiciste al chocolate? Me parece que Shaya y Talin todavía están de duelo.

Aquello hizo que estallaran de nuevo en carcajadas, hasta que acabaron sentados en el suelo, agarrando las cervezas con la punta de los dedos.

Cuando Ashaya volvió la cabeza para sonreírle, con el vínculo de pareja brillando de forma intensa dentro de él, Dorian supo que, aunque cocinar y arreglar tuberías no formara parte de su currículum, había una cosa en la que siempre sería un experto: amar a Shaya.

Traducción de Nieves Calvino Gutiérrez

 

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